Historias de milagros:

Lillian y Hanna,
pequeños milagros de 28 semanas y
Virginia y Weston,
pequeños milagros de 33 semanas

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En febrero de 1997 nos enteramos de que íbamos a tener gemelos. Mi esposo y yo estábamos tan emocionados y estábamos preparados para un largo embarazo que culminaría con el nacimiento de dos adorables bebés. éramos jóvenes y no conocíamos la fragilidad de un embarazo de gemelos. A la semana 23, entré en trabajo de parto total, el cual fue eventualmente detenido. Debido a las muchas complicaciones, fui hospitalizada hasta que las bebés nacieron a las 28 semanas y 3 días. Fueron las 5 semanas más difíciles que he tenido que soportar. Sin embargo, es, y seguirá siendo, mi único y más importante logro de vida. Las vidas de mi familia hubiesen sido muy diferentes si yo hubiese dado a luz a la semana 23.

Después de un parto vaginal, Lillian Marie (de 2 lbs. y 8 oz., y 16" de longitud) y Hanna Elizabeth (de 3 lbs. y 16.5" de longitud) fueron bienvenidas al mundo con un rápido viaje desde la sala de partos hasta la UCIN. Las evaluaron a la usanza normal de la UCIN y estimaron que tenían un estado de salud “relativamente” bueno. Ambas estuvieron con respiradores, ambas tuvieron surfactante y rondas de antibióticos. Me dijeron que todo iba progresando bien y que los neonatólogos estaban complacidos con sus pesos (yo había perdido una cantidad significativa de peso antes del parto, de manera que había preocupación por las bebés).

Antes de ver a mis bebés por primera vez, no había visto a un bebé prematuro. Tuve la intención, mientras estuve en el hospital, de visitar la UCIN, pero decidí no hacerlo. Nada me pudo haber preparado para ver a mis dos bebés por primera vez. ¡Fue ESTREMECEDOR! No sé lo que esperaba, pero no era eso. Eran tan pequeñas, y estaban atadas a monitores y a un respirador. Ambas estaban extendidas como un águila con sus alas desplegadas sobre la camilla. Se veían tan patéticas que no podía creer que de ellas se pudiera formar a la larga un ser humano. Mi reacción fue de conmoción y temor. Fue en ese momento que un ángel de la UCIN (es decir, una enfermera) me explicó que las bebés estaban estables y que su estadía sería una situación del día a día. No podía haber estado más en lo cierto. A las bebés les retiraron los tubos a las 8 horas de haber nacido. Se les hizo la punción lumbar de rigor, ultrasonidos en la cabeza, transfusiones y pruebas de sangre diarias.

La experiencia en la UCIN fue difícil pues parecía que cada día traía consigo una situación diferente y altamente estresante. A Lillian y Hanna las conocían como las “niñas bradis”. Tuvieron muchos episodios de apnea y bradicardia. Ambos ultrasonidos cerebrales iniciales mostraron la existencia de IVH (hemorragia intraventricular), pero posteriores ultrasonidos (las 4 semanas más largas de mi vida) demostraron que ese no era el caso. Les administraron varios medicamentos para detener el reflujo, cafeína para los bradis, Zantac®. Después de ocho turbulentas semanas, pudieron ir a casa con nosotros. Nos llevamos a casa dos bebés de 5 lbs. Con monitores para el ritmo cardíaco, medicamentos y oxígeno para Hanna. La incertidumbre del futuro caía pesadamente sobre mí.

Afortunadamente, las niñas progresaron bien y comenzaron a cumplir los hitos de sus edades, de manera que estuvimos bastante esperanzados. Tuvieron dos años de intervención temprana pero no necesitaron terapia intensiva. Entraron al jardín de infancia justo a tiempo y fueron las superestrellas (ni siquiera les mencioné a las profesoras que eran prematuras, eso no era un problema). Ahora son dos niñas saludables de siete años que cursan el segundo grado y nadie creería esta historia si se las contara. No hay ningún vestigio de sus turbulentos comienzos. Recientemente, me encuentro a mi misma mirándolas y pensando en aquellos temibles días en que yacían inmóviles en sus isolettes. No puedo creer que haya resultado de esta forma. Sólo deseo haber tenido una visión momentánea del futuro cuando ellas estaban en la UCIN. Habría sido tremendamente útil.

Como podrán imaginarse, la noticia de un segundo par de gemelos creó emociones mezcladas. Yo estaba emocionada, pero no tenía ninguna prisa por repetir una experiencia tan profunda como la anterior nuevamente. Me hice el propósito de evitar pasar tiempo en la UCIN. Busqué un médico apropiado con el que yo sintiera que podía trabajar para durar el mayor tiempo posible embarazada. Me impuse reposo absoluto y estuve muy agradecida por ello. Terminé dando a luz a Virginia Grace (4 lbs. y 9 oz. y 18" de longitud) y Weston Earl (5 lbs. y 10 oz. y 19" de longitud) a las 33 semanas y dos días, muy cerca de mi meta personal de 34 semanas. Su estadía en la UCIN fue muy diferente a la de las niñas. Tuvieron CERO episodios de apnea o bradicardia. No les administraron NINGúN medicamento ni les dieron NADA de oxígeno. Eran, como dicen en la UCIN, puro “comer y crecer”. Vinieron conmigo a casa después de 13 días en el hospital. Estoy muy agradecida de que su estadía en el hospital estuviera un poco menos llena de acontecimientos.

Estoy muy orgullosa de mi familia por todo lo que hemos pasado y siempre estaré profundamente impresionada con las maravillas de la medicina moderna y con el poder de la oración. Sin ambas, nuestro período en la UCIN habría sido insoportable y los resultados habrían sido muy diferentes.

¡Mantengan la fe!

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