Historias de milagros:

Sophia y Lillian,
pequeños milagros de 33 semanas

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En el tercer trimestre de mi embarazo me aplaudieron en el consultorio del doctor porque era una de las pocas mujeres embarazadas de gemelos que no mostraba signos de trabajo de parto pretérmino. Parecían confiados en que lograría llegar a término y no me limitaron a descanso en cama en ningún momento. Sin embargo, yo había sufrido de nauseas las 24 horas del día desde el momento en que concebí y estaba hinchada como un globo. Me sentía tan miserablemente grande y enferma, que estaba ansiosa de que terminara el embarazo. A las 30 semanas de gestación, comencé a mostrar signos de preeclampsia. Los doctores sabían que no faltaba mucho antes de que tuvieran que provocar el parto prematuramente. Aunque me hubiese gustado dar a luz para acabar con el constante malestar, no quería que mis bebés sufrieran. Sólo esperamos hasta que mi presión sanguínea y mis niveles de proteína alcanzaran niveles peligrosos mientras mi pobre cuerpo hinchado continuaba creciendo.

Era el domingo después del cumpleaños de mi esposo y estábamos celebrando con la familia en nuestra casa cuando supe que había llegado el momento. Tenía 33 semanas de embarazo y mi papá tenía un calibrador de presión sanguínea, de modo que decidió jugar al doctor y revisar mi presión sanguínea. No recuerdo los números exactos, pero él casi se cae de la silla y me dijo que debía llamar al doctor. En el consultorio del doctor me dijeron que se mi padre había tomado la presión correctamente, había llegado el momento y debíamos preparar el equipaje e ir al hospital.

De camino al hospital tuve sentimientos encontrados. Mi esposo estaba molesto porque no creía que había llegado el momento y que nos iban a mandar de regreso a casa porque mi padre había tomado la presión sanguínea incorrectamente. También estaba en un estado de negación total. Yo sabía que esto estaba pasando en mis entrañas y comencé a ponerme nerviosa por el bienestar de los bebés, pero en realidad no tenía ni idea de qué esperar. Me imaginé que serían pequeños y por alguna razón me los imaginé en la habitación conmigo y a nosotros llevándonoslos a casa cuando me recuperara. Ni siquiera pensé en la UCIN. Incluso me aseguré de empacar sus ropas para ir a casa en talla 0-3 meses. Es curioso cómo funcionan nuestras mentes.

Sophia

Sophia Lynn
nacida a las 33 semanas,
3 lbs. y 12 oz.

Cuando llegamos al hospital confirmaron el diagnóstico de mi padre y comenzaron a inducirme el trabajo de parto. También me conectaron a un gotero de magnesio que me puso delirante y letárgica. A la noche siguiente mi trabajo de parto había progresado y me llevaron en silla de ruedas a la sala de parto. No se sentía natural ser forzada a dar a luz a unas bebés que no estaban preparadas para salir. Cuando mi primogénita nació, era linda, pero diminuta, letárgica por el magnesio y no emitió sonido alguno. Me dejaron sostenerla por un segundo y el equipo de neonatólogos se la llevó para hacerle pruebas. Trece minutos más tarde nacía mi segunda hija y pasó lo mismo. Yo sólo gritaba, “¿están bien?”. Nadie podía confirmar el estado de las bebés y lo próximo que supe fue que mi cuerpo tuvo más complicaciones y quedé sin sentido. Una severa pérdida de sangre obligó a los doctores a anestesiarme y unas cuantas horas más tarde me desperté en mi habitación sin mis bebés.

Lillian Rose

Lillian Rose
nacida a las 33 semanas,
3 lbs. y 13 oz.

Mi esposo y mi familia estaban parados alrededor y habían estado en la UCIN para ver a las niñas. Me dijeron que se veían bien, pequeñas y con tubos por todas partes, pero bien. Yo no podía dejar de llorar y sentirme culpable y preocupada por su bienestar. Las enfermeras se sintieron tan tristes por mí que me transfirieron a un catre rodante y me llevaron a ver a las bebés. Fue tan impresionante ver a mis niñas y al mismo tiempo daba temor verlas en una caja de plástico con tubos, pitidos y hasta una pequeña IV. Introduje mi mano, sostuve las de ellas y simplemente lloré y lloré hasta que me llevaron de regreso a mi habitación. Aunque todos me decían que las niñas estaban bien, yo sencillamente estaba triste. Sophia Lynn, la que nació primero, pesó 3 libras y 12 onzas. Lillian Rose, la segunda, pesó 3 libras y 13 onzas.

Continué visitándolas tanto como podía físicamente. Compartí la labor de alimentarlas, cambiarles el pañal y cualquier cosa que pudiera hacer con el personal de la UCIN. Simplemente me sentaba allí algunos días y lloraba y otros días reía mientras las veía crecer y parecerse a mi esposo y a mi. Cuando me dieron de alta del hospital, una semana después del nacimiento de las niñas, me sentí devastada por regresar a casa sin ellas. El regreso a casa desde el hospital fue doloroso y fue tan extraño regresar a casa como si nada hubiese cambiado. Pasé mi tiempo yendo a la UCIN cada día para darles leche materna y verlas e intentar amamantarlas. En casa, llenaba mi tiempo juntando juguetes, organizando la ropa, los pañales, la fórmula, los biberones y todo lo demás que no tuve tiempo de hacer antes del nacimiento. Mirando atrás, ¡deseo haber descansado!

Después de casi una semana y media, fui al hospital y me pidieron llevar los asientos para automóvil. Estaba muy emocionada y sabía que eso significaba que las bebés podrían ir a casa pronto. Casi me desmayo cuando las pasaron de sus isolettes a una cuna, y estaba muy orgullosa de sus avances. Cada pequeño paso de progreso me ayudaba a superar la situación y al cabo de 2 semanas exactas de su nacimiento, les dieron de alta el mismo día a ambas. Aunque quería saltar de alegría, tenía miedo de llevarlas de la UCIN donde la atención fue maravillosa, a nuestra casa.

Lillie y Sophie

Lillian y Sophia
7 meses

Esas primeras semanas en casa fueron muy confusas, las bebés simplemente continuaron luchando, creciendo y cambiando. Cumplieron 5 meses en mi trigésimo primer cumpleaños. Aunque no ha sido fácil, ha sido la época más gratificante y hermosa de mi vida. Aunque nacieron con siete semanas de anticipación, ahora están a la par de otros bebés de su edad y algunas veces me olvido de que fueron prematuras excepto cuando todos los libros te hacen reflexionar sobre la edad gestacional. Siempre recuerdo lo que me dijo mi doctor cuando me sentí devastada por tener bebés prematuros. Él me dijo: “sólo piensa, tienes la oportunidad de ver una parte del desarrollo de tus niñas que la mayoría de las personas no puede ver”. Sé que tendremos muchos más tropiezos en el camino delante de nosotros, pero he aprendido a apreciar cada tropiezo.

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